lunes, 14 de agosto de 2017

Internacionales



¿QUÉ PASÓ CON
LOS HÉROES DE USA?

En la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) hubo estrategas afamados en ambos bandos (Erich von Manstein, Heinz Guderian, Franz Halder, Dwight Eisenhower, Omar Bradley,  Georgi Zhukov, etc.) y operadores tácticos reconocidos (Berd von Runstedt, Vasili Chikov, Albert Kesselring, Archibald Wavell, Herman Hoth, Ivan Koniev, Konstantin Rokossovski, Harold R. Alexander, etc.). También hubo uso destacado de armas (blindados alemanes y rusos, cruceros ingleses, bombarderos norteamericanos, etc.).
Los que no abundaron, a pesar del constante batallar, fueron los héroes bélicos, reconocidos y aclamados popularmente (Erwin Rommel o Bernard Montgomery). En el caso de los Estados Unidos, que es el que acá nos interesa, sólo dos conductores militares alcanzaron ese nivel épico. Ellos fueron el Grl. Douglas MacArthur y el Grl. George S. Patton. El citado germano (Rommel) fue honrado (suicidio mediante, por su anti-hitlerismo), entonces y después. El inglés (Montgomery) por un solo suceso (El Alamein) pasó a la gloria, donde ha permanecido. En cambio, los dos yanquis quedaron opacados, tras sus notables triunfos. ¿Por qué?
Veamos.
Douglas MacArthur (1886-1964), general de Ejército de USA (el quinto en su historia que alcanzó ese grado), fue el famoso “Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas en el Frente del Pacífico”, durante la guerra con el Imperio Japonés. Derrotado en Filipinas, desde Australia proclamó “Volveremos”, y lo cumplió, hasta la rendición de los nipones. Después, en 1950, le tocó comandar las fuerzas de la ONU en su guerra con Corea del Norte. En tal lucha protagonizó el audaz desembarco en Ichón, tras las líneas enemigas, que hubiera permitido concluir la contienda, de no mediar una circunstancia decisiva. A las orillas del río Yalu, las tropas comunistas chinas de Mao Tse-Tung apoyaron a los norcoreanos que, restablecidos, empujaron a los aliados de vuelta hacia el sur. Merced a la maniobra del Grl. Mathew Ridgway los aliados pudieron contener a los comunistas en el paralelo 38, donde luego se fijó la frontera entre ambas Coreas.
Empero MacArthur no se conformó con esa situación. Planteó dos operaciones ofensivas. Una primera, de auxilio a los nacionalistas chinos del Grl. Chiang Kai-Shek, refugiados en Taiwan (abandonados por USA, a raíz del Informe de Owen Lattimore, un comunista infiltrado en la diplomacia yanqui, donde se acusaba a Chiang de corrupción, mientras se elogiaba a Mao, como un buen “demócrata”). La segunda y más decisiva, el ataque a las fuerzas chinas detrás del  río Yalu.
En esa última operación quedaba implicada la posibilidad de tener que emplear armamento atómico. Dado que los chinos comunistas carecían de esos explosivos no era improbable que para responder a los Aliados lo pidieran prestado a la URSS (que lo tenían merced a la traición del matrimonio Rosenberg). Ante esa expectativa, MacArthur opinó que la Unión Soviética -sopesando su propia defensa- no intervendría, y que así se destruiría el poder de Mao. Pero que, si se produjera el apoyo ruso, ese era el momento en que USA y sus Aliados debían atacar con todo su poderío a los comunistas de ambos países y destruirlos para siempre. Osadía suprema de este gran estratega (censurada, por cierto, por todos los políticos bien pensantes y el pacifismo periodístico liberal).
Ese fue el momento en que intervino el Presidente de USA, Harry S. Truman, quien en abril de 1951 relevó a MacArthur de su mando, y lo reemplazó por Ridgway. MacArthur acató la orden presidencial, no sin hacer público su desacuerdo con ella.
Después de 11 años, regresó a su país, donde fue recibido apoteóticamente por el pueblo estadounidense. El Partido Republicano, en principio, iba a postular a MacArthur para la candidatura presidencial. No lo hizo, y eligió a Robert Taft, congresista de la derecha anticomunista, al cual MacArthur apoyó, y del cual iba a ser su eventual vicepresidente. Entonces, las fuerzas ocultas que gobiernan en la trastienda de la política  yanqui seleccionaron al Grl. Dwight, “Ike”, Eisenhower para que enfrentara a Taft (y, eventualmente, a MacArthur). En esa interna republicana se impuso Eisenhower, quien arribó a la presidencia exhibido como un derechista. En realidad, era un típico exponente de la pseudo-derecha, quien nunca rompió con la Unión Soviética (y que por  el contrario, instaló a Fidel Castro en Cuba).
Douglas MacArthur, el victorioso  general  cinco estrellas, se “desvaneció”- cual lo expresó en su célebre discurso en el  Congreso: “Los viejos generales nunca mueren; solo se desvanecen”-, y el mundo occidental tuvo que esperar hasta 1991 para que el PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) arriara la bandera roja con la hoz y el martillo del frente del Politburó. Cuarenta años de zozobra, de Guerra Fría y Telón de Acero, ante el Nuevo Islam. Con la Komintern desestabilizando a todos los gobiernos del mundo.
En 1964, USA enterró  en Norfolk, Virginia, en un modesto cementerio, a su héroe nacional, descalificado como belicista aventurero. No obstante, quedó firme su lema: “Primero el  deber, el  honor y la patria”.
Con el Grl. George Smith Patton Jr., (1885-1945), el héroe de las fuerzas norteamericanas que operaron en Europa, la cosa fue peor; mucho peor. Asunto que pasamos a considerar.
El problema está claramente expuesto en el libro de Robert K. Wilcox, Target: Patton. The plot asesinate General George S. Patton, Washington, Regenery Publishing, 2008, 2014, de 400 páginas, y divulgado en el de Billy O´Reilly, Killing Patton, New York, Henry Llolt and Company, 2014. Publicaciones que han tratado de ser desacreditadas por el “establishment”, que ha empleado a tres periodistas (de “History Channel”) para que, con visos de objetividad, negaran la acusación contenida en las obras antes citadas.
Porque ya corresponde que informemos al lector que la denuncia sensacional publicada indica, nada menos, que el Grl. Patton fue asesinado y que tal homicidio fue planificado y ejecutado por las autoridades superiores de USA, en connivencia con la NKVD soviética.
¿Cómo?
Pues, como se verá a continuación.
El Jefe del III Ejército de USA George S. Patton murió el 21 de diciembre de 1945 en un hospital de la ciudad alemana de Heidelberg, supuestamente de las secuelas de un accidente de tránsito que había protagonizado unos días atrás en la carretera de Manheim; concretamente, en una colisión entre el automóvil Cadillac en que viajaba el General y un camión del Ejército de USA, que se cruzó de carril.
Tal la versión oficial de las cosas (que es la registrada en la excelente película “Patton: The true story”, traducida como “Patton: mito o realidad”, con la extraordinaria actuación del actor George C. Scott). Esa muerte, tenida como accidental, conmovió al mundo. Patton había sido el comandante del victorioso Tercer Ejército Norteamericano. Se había distinguido en batallas en Túnez, en Sicilia (con la toma de Palermo y Messina), en Normandía, pero sobre todo con el contraataque en Las Ardenas, que rompió el  cerco alemán.
Sin embargo, resulta que en el otoño de 1979, en Washington, Douglas Bazata, condecorado ex paracaidista y miembro de la O.S.S. (Office of Strategic Service), antecesora de la CIA, le confesó a Wilcox que él había sido comisionado por su jefe, el Grl. William Donovan, apodado “Wild Bill”, para matar a Patton.
En una confesión circunstanciada, Bazata explicó que ya en 1943, por orden de Donovan, había recibido instrucciones de “detener” a Patton en Francia, recibiendo  una remuneración extra de 800 dólares. De consiguiente, en agosto de 1944, en las cercanías de Dijon, hizo un primer intento de asesinato, que fracasó.
Entonces se planificó el delito con mayor cuidado. Mientras el conductor del camión militar, el sargento Thompson, debía girar bruscamente su vehículo para que contra él se estrellara el Cadillac, Bazata, munido de un arma especial, efectuaba un disparo de un proyectil de baja velocidad contra Patton, que le rompió una vértebra del cuello.
Se suponía que allí debía terminar la cosa.
No obstante, Patton sobrevivió tanto al choque como al disparo y fue llevado de urgencia al hospital militar de Heidelberg. Pasados unos días, se informó que el General se reponía satisfactoriamente de su accidente. Entonces, ahí entró a jugar un agente de la NKVD, quien -con el visto bueno de USA- se encargó de inocular un veneno (de cianuro de potasio) en la sonda del suero que recibía el General. Con lo que, claro, se consiguió el objetivo, y Patton falleció de inmediato.
En los diez años que le llevó  a Wilcox indagar las causas de las cosas, dio con datos relevantes (en “Documentos secretos desclasificados, T 2”).  De ellos resultaba que hacia el fin de la guerra, Patton con su 3er. Ejército había penetrado hasta Pilzen, localidad a 50 kilómetros de Praga, y de allí se encaminaba a conquistar Berlín. En ese estado de las cosas, recibió la orden de Eisenhower de retirarse de Checoeslovaquia, al tiempo que el combustible para sus tanques se desviaba para las lejanas tropas inglesas de Montgomery. Obviamente disgustado con esas medidas indagó el motivo de ellas, y se le contestó que en Yalta se había pactado que la Unión Soviética se haría cargo de la Europa Central y que el Ejército Rojo de Zhukov y Koniev era el que debía entrar primero en Berlín.
Concluida la guerra, y al frente de las tropas yanquis de ocupación en Alemania, Patton asistió a diversos sucesos demostrativos de  la tendencia de la política internacional que seguía el Gobierno estadounidense. Recibió denuncias de la aplicación del Plan Morgenthau destinado a eliminar la industria y parte de la población germana. Comprobó que alrededor de 5 millones de rusos que se habían refugiado en Occidente eran obligados a retornar a Rusia, donde pasaron al Gulag siberiano. El comandante de esos rusos anticomunistas, el General Vlasov,  se rindió a Patton, éste consultó con Eisenhower, quien le ordenó que lo remitiera a su comandancia. Desde allí Vlasov fue entregado a los soviéticos, quienes lo degollaron y  pusieron su cabeza en un palo. Colmada la paciencia, Patton proclamó sin ambages: “Los aliados hemos luchado contra el enemigo equivocado”. Se dispuso a renunciar a su cargo y retornar a su país para informar a la población de lo que estaba aconteciendo en Europa.
Con esos dichos y actos firmó su sentencia de muerte. El General Donovan, cumpliendo por supuesto, instrucciones superiores, dio la orden a Douglas Bazata para que eliminara a Patton, tal como éste –abrumado en la conciencia por su crimen- lo refirió a Wilcox.
En el citado libro, su autor enumera diversos hechos, ninguno de los cuales pudo ser rebatido por el núcleo de periodistas oficiales, encargados de desacreditarlo. Entre otros, estuvieron los siguientes:
El conductor del camión militar que efectuó la increíble maniobra de girar su vehículo hacia la contramano, el sargento Thompson, nunca fue indagado ni procesado y se lo trasladó a Inglaterra.
Los periodistas alegan que fue porque el propio Patton se opuso a que lo enjuiciaran. Versión insostenible, porque, en primer lugar, Patton yacía ensangrentado y semi-moribundo, como para suponer que en ese estado iba a hacer las manifestaciones exculpatorias que le atribuyen. Por lo demás, el delito de lesiones gravísimas y /o tentativa de homicidio estaba consumado, y con perdón o no de la víctima, el fiscal de la causa debió citar a indagatoria a Thompson, cosa que nunca sucedió.
El expediente sobre el accidente desapareció, sin que se efectuara un sumario para determinar los hechos.

No se efectuó autopsia al occiso. Los periodistas sostienen que fue porque la esposa de Patton, Beatrice, se opuso a esa medida. De nuevo, insostenible. Ante un delito de acción pública que produzca la muerte, la autopsia del occiso es de reglamento, cualquiera fuera la supuesta voluntad de los parientes.
Los periodistas aseveran que Patton nunca estuvo solo en su habitación del hospital, porque siempre hubo  una enfermera a su lado; lo que habría impedido la acción del agente ruso. Esto es falso; porque en cuanto llegó su esposa, ella fue la encargada de cuidarlo. Beatrice, por su lado, salía de cuando en cuando de la pieza. De modo que el agente soviético, que estaría esperando la ocasión, debió o pudo aprovecharla.
El automóvil Cadillac que transportaba a Patton sufrió daños severos. Empero, ninguno de los otros  tres ocupantes del coche padeció lesiones. El  auto fue enviado a USA y se haya en un museo de Fort Knox. Wilcox,  tras un minucioso estudio de las fotos, afirma que se cambió el vehículo, y que el que se guarda en el museo no fue el que intervino en la colisión.
El 2 de octubre de 1979, Douglas Bazata fue sometido al aparato detector de mentiras, que verificó que decía la verdad.
El oficial del Ejército de USA en Baviera, Steven Skukik, que se había interesado por averiguar el caso, fue desafectado de sus funciones en Alemania, y remitido a USA.
Por fin, Douglas Bazata murió en enero de 1999, sin haberse arrepentido de su confesión.

Esos son los hechos reales. Los que requieren una explicación.
Patton era realmente de temer. Su lema bélico, “sangre y agallas”, lo dice todo. Si se proponía denunciar a su superior inmediato, Eisenhower, y a los gobernantes del “New Deal” yanqui, podía descontarse que iba a concretar sus objetivos. Más recelaría Stalin, toda vez que Patton no ocultaba su designio de enfrentar de inmediato a los soviéticos.
Ahí estaban los motivos del ilícito.
Ahora bien. En un país común, un disidente como Patton podía haber sido simplemente apartado del mando militar, sin afectar su integridad física. Pero en un Imperio ideológico como el estadounidense, cuyo “Manifest Destiny” era el dominio universal, las recetas maquiavelistas o renacentistas eran bien recibidas. Y, adoptado ese sendero, no habría limitaciones posteriores, incluido el crimen de su héroe nacional. El supragobierno  de USA (que,  vgr., maneja sin control alguno la Reserva Federal de Fort Knox) no se anda con chiquitas. Si hay que destruir un país, como lo hizo con Serbia, por la cuestión de Sarajevo, se lo demuele hasta arrumbarlo en la edad de piedra. O, para no ir tan lejos, tal como lo que hicieron con la República Argentina en los años del cuarenta, donde el mismo William Donovan organizó un ataque completo, una “guerra no declarada”. Precisamente, en mi reciente libro “Años del cuarenta. La Argentina en la hora norteamericana. (El sino de Chapultepec), Bs. As., Katejon, 2017, 2 volúmenes, he explorado esa cuestión. Empero, me faltaba el dato del homicidio de Patton, que es como la prueba del nueve, la información que corrobora la actitud del Imperio del Estandarte Estrellado. Aprovecho ahora para incluir esta “addenda” extra-libresca.
Como fuere, creo haber señalado lo que hizo USA con sus héroes. Por algo, los familiares de Patton, no repatriaron sus restos, y los inhumaron en un cementerio de Hamn, cercano a la ciudad de Luxemburgo, donde descansan los huesos de los soldados del Tercer Ejército Norteamericano. Es que el héroe de Las Ardenas fue un caído más en el combate secreto y profundo de su Patria con el Misterio de Iniquidad, las Fuerzas de las tinieblas que enmarañan la globalización moderna.
Enrique Díaz Araujo

viernes, 11 de agosto de 2017

Aviso - Día de la Reconquista

Queridos amigos:
 
                       El sábado 12 de agosto, Día de la Reconquista, daré una charla sobre la gloriosa fecha, en la calle Perú 272, a las 11:00.
                           
                      Les agradezco a quienes puedan asistir, y a quienes nos ayuden a difundir la noticia.
 
                             Un abrazo
                             En Cristo y en la Patria
                             Antonio Caponnetto

martes, 8 de agosto de 2017

Presentaciones

CHARLA DEL PROFESOR
ANTONIO CAPONNETTO


 


Presentación del libro de Cristián Rodrigo Iturralde
"El pacto Perón-Israel"

lunes, 7 de agosto de 2017

Reseña



NACIONALCATOLICISMO


El hecho sucedió unos cuantos años atrás, residiendo Mons. Williamson en La Reja, cuando un vecino y feligrés, por así decir, del seminario llevó para entrevistarlo a un destacado catedrático español, además de dirigente tradicionalista, aún sobreviviente. El prelado, sin darle tiempo de rearmarse después del homenaje efectuado en razón de su investidura, le preguntó qué podía ofrecerle el carlismo a la Iglesia, respondiendo su interlocutor, impertérrito, con otra interrogación: ¿qué podía ofrecerle la Iglesia al carlismo?

El diálogo, de tal manera encarado, podría parecer surrealista, atento la irrelevancia mundana de los personajes, pero, exhibe toda la potencia de una cuestión planteada desde los principios del cristianismo: la relación entre la religión y la política. No es ésta la oportunidad de resolverla ni tengo la idoneidad para hacerlo, aunque, a modo de “trazar unos palotes”, puedo configurarla bastamente, sosteniendo que la teología justifica la política y que este humano quehacer encuentra su plenitud al posibilitar la expansión de la religión, requiriéndose en procuración de dicho objetivo un ambiente propicio, que es el de comunidades ordenadas. Fue así que la unión del Trono y el Altar permitió la existencia de sociedades cristianas, en las que la multitud de los hombres eran beneficiados por la facilidad con que la Iglesia daba cumplimiento a su misión principal: la salvación de las almas. A lo largo de los siglos se las presentó como el modelo a seguir y la primera, la nación armenia, con la conversión de su rey por San Gregorio el Iluminador, recién iniciado el siglo cuarto.

Mas, esa edad dorada quedó atrás y, de un tiempo largo para acá, las cosas no pintan sino para empeorar. Mientras tanto, ¿la Iglesia, como institución espiritual, ha quedado sola para conducir al rebaño a su destino definitivo? No siempre, puesto que en algunas ocasiones, pocas es verdad, aparecen movimientos de carácter político, animados del propósito de restaurar el ideal de la Cristiandad, aunque reducidos por las circunstancias históricas al ámbito de las naciones, que, aun fracasando en el intento, allegan prosélitos a la grey o los disponen para el superior cumplimiento de los deberes religiosos.

Solía contar mi suegro,Alberto Falcionelli, militante de la Acción Francesa en su juventud “camelot du Roi” primeramente y después secretario de Maurras que no era imprescindible la profesión de fe católica para ingresar al movimiento, pero que, una vez adentro, los que carecían de tal condición, incluso muchos judíos, se convertían en gran número. Entre nosotros, cierta analogía existió con el nacionalismo, al que por razones que inmediatamente expondré, sólo cabe adjetivar con el complemento de argentino, constituyendo su peculiaridad de que quienes en los orígenes del movimiento provenían de otras corrientes políticas -radicales o conservadoras, por propia actividad u origen familiar-, en la casi totalidad llevaban consigo el substrato católico, como puede ponerse de ejemplo a los Gallardo, los hermanos Irazusta o don Carlos Ibarguren. Es decir, que la condición de católicos comprendía a la generalidad, pero el aporte que el nacionalismo les dio, a través de preclaros sacerdotes y laicos, fue el de preservarlos del modernismo que ya entonces campeaba en varios y encumbrados ambientes eclesiásticos; en tal sentido, cabe recordar la huella trazada en toda una generación por los Cursos de Cultura Católica, de cuyos benéficos efectos todavía gozamos.

Volviendo a las características del movimiento aludido, corresponde señalar como sus notas distintivas la adhesión al pensamiento católico tradicional y el esfuerzo de recuperar para la cultura y la actividad pública argentinas los elementos principales de la herencia hispánica. El acceso al poder le fue imposible por razones que no viene al caso exponer o someter a debate en esta oportunidad, pero sí fue capaz de conformar una corriente de pensamiento singular, que nutrió a sus adherentes de una personalidad muy definida, fácilmente reconocible para los afines cuanto a los hostiles, contándose entre estos a la inmensa mayoría de los que integran la llamada clase política, circunstancia que lejos de menoscabar la fama de los repudiados la enaltece.

Hasta me animo a sostener, que en estos tiempos, al vernos urgidos a precisar una identidad, hacerlo como nacionalista, aun en términos religiosos, es más sencillo que como católico, ya que dicho calificativo, lamentablemente, poco sirve hoy para definir. Las enseñanzas y el ejemplo de sacerdotes como los padres Meinvielle y Castellani, los frailes dominicos Alberto García Vieyra y Mario Pinto y de mayor proximidad generacional a nosotros, el padre Alberto Ezcurra por qué no incluir en esta nómina al padre Osvaldo Lira Pérez, amigo de la Argentina y de tantos de los mentados en este artículo, señalaron un derrotero espiritual que, partiendo de la buena teología, se proyectó al ámbito de la política. Así, el más puro catolicismo, en la Argentina, pudo mamarse en fuentes nacionalistas.

Sin embargo, al movimiento aludido todavía le cabría cumplir un papel en auxilio de la Santa Iglesia, no ya de carácter meramente intelectual, sino vinculado con la actividad específicamente pastoral de ésta. En una época en que malos pastores y falsos profetas sobreabundan, hizo posible -de manera singular- que un buen pastor estableciera entre nosotros una obra genuina de restauración católica y, a partir de ahí, en el resto de América, poniendo a su disposición, como hemos de ver, medios pequeños pero eficaces. Por lo demás, en medio de la obscuridad en que vivimos, tal hecho debe animarnos, porque bien puede entenderse como un privilegio gracia para la Argentina.

A cuarenta años del suceso, encontramos una obra consolidada, que se inició y creció con la indiferencia si no hostilidad de los poderes mundanos, la prensa, en particular, como uno de los preponderantes. Esa situación de desamparo desmentía a los detractores, que la acusaban de cismática, cuando es característica de tales segregaciones el concurso necesario de sectores gravitantes para sostenerlas; muy distinto ha sido su caso que, aparte del pequeño rebaño que la acompañó, no tuvo otra fuerza que la de la Verdad, que confesó sin cortapisas.

Poniendo esta cuestión en el punto debido, atento que aún hoy sectores ubicados en las antípodas, pero también algunos de los que gozan de los beneficios litúrgicos procurados por dicha congregación, se empeñan en excomulgarla, el propósito expresado por el papa emérito de “llegar a una reconciliación en el seno de la Iglesia” (carta a los obispos del 7/7/2007, acompañando al “motu proprio”) la aclara suficientemente. Y sus sacerdotes tienen el reconocimiento pleno de las mismas autoridades que durante décadas pusieron obstáculos a su apostolado, pasando de la condición de leprosos a poseer certificado de buena salud, sin mediar retractación alguna ni enmienda en su conducta, empleando para la cura de las almas la medicina acostumbrada: los sacramentos de siempre.

El miércoles 20 de julio del 1977 llegó monseñor Marcel Lefebvre a la Argentina, culminando un periplo americano iniciado con breves visitas a Colombia y Chile. No fue la primera vez que estuvo entre nosotros: no más de cinco años antes, pero, en todo caso, cuando ya el de Ecône era denunciado por el episcopado francés de ser un “seminario salvaje”, predicó a los seminaristas de la diócesis de Paraná los ejercicios de iniciación de cursos. Quedó como anécdota simpática el testimonio de uno de sus ocasionales anfitriones, quien advirtió en el gesto siempre sereno del prelado una cierta sorpresa, al ver que monseñor Tortolo, recorriendo algunos de los poblados cercanos (Puerto Sánchez y barrio Maccarone), arrojaba al voleo “medallitas milagrosas”, prestamente recogidas por los chiquillos acostumbrados a tales distribuciones; aparentemente distaba ésa de ser una práctica corriente, no digamos en Europa sino que tampoco en África. La afinidad que trasluce dicha recepción, conjuga con el consejo dado por el arzobispo de Paraná presidente también de la Conferencia Episcopal Argentina al joven Jean-Michel Faure, “pied-noire” refugiado en la Argentina, de orientar su vocación sacerdotal al seminario suizo.

Esta última referencia sirve para poner de manifiesto que la empresa de monseñor Lefebvre no partía de un empecinamiento personal y que, por el contrario, era apoyada por obispos que desde el transcurso de las sesiones conciliares demostraron preocupación por la deriva a la que se deslizaba la Iglesia. Pero, le tocaría a él llevarla a cabo en impiadosa soledad -sólo atenuada por la heroica compañía de monseñor de Castro Mayer-, que tuvo para un hombre de su honda sensibilidad católica, el carácter de martirio.

Volviendo a esas jornadas fundamentales para el destino del catolicismo en estos lares, cabe recordar que la primer misa pública, anunciada para celebrarse en una precaria edificación ubicada en Villa Soldati en el mismo día de su llegada al país, fue impedida por acción de la Policía Federal: el presidente Videla, católico liberal, no quería malquistarse con el ordinario del lugar, de su misma “religión”. Tres días después, hacia el mediodía, pudo oficiarla en una capilla puesta bajo la advocación de Santa Leonor, erigida en la quinta homónima de la localidad de Hurlingham, cuyos propietarios fueron originalmente el matrimonio constituido por don Carlos E. Rudin y doña Leonor R. G. de Rudin, sepultados allí. La concurrencia fue numerosa y la presencia policial discreta y en nada intimidante, pues, al almirante Massera, a cuya influencia respondía el gobierno bonaerense, no le interesaba agradar a la jerarquía eclesiástica y sí incomodar a su par del Ejército. Y ya que del ámbito militar se trata y también de nacionalistas, puede destacarse que estuvo ahí el padre Roque Puyelli, capellán entonces de la base del Palomar y posteriormente capellán mayor aeronáutico, castigado con un arresto en razón de ello por el jefe de la unidad, como demostración de que tampoco ese “orden” fuese sumamente monolítico; años antes lo había conocido, acompañando a un grupo de amigos presentados por Juan Carlos Goyeneche, agasajándonos en el casino de oficiales.

Siempre digo, acudiendo a una imagen acuática, que atravesar el arroyo Morón límite natural de las localidades de El Palomar y Hurlingham fue una suerte de “cruce del Rubicón”, por lo que esa jornada significó para no pocos de los asistentes. A diferencia de los franceses, curtidos por la arbitraria excomunión impuesta a los miembros de la Acción Francesa y levantada por el papa Pío XII apenas asumido el pontificado, los argentinos no estábamos entrenados en la resistencia a las desmesuras de las autoridades romanas, acéptandolas con una docilidad despareja a la exhibida respecto de los poderes civiles, que para el caso no eran beneficiados con una hermenéutica rigorista de la epístola primera de San Pedro (2, 13-17) aunque, justificándonos por el desorden sobreviniente a la derrota de nuestro príncipe cristiano en Caseros.

Recuerdo, habiendo tocado el punto atinente a los problemas de conciencia planteados por la adhesión a un obispo suspendido por el Vaticano, que contemporáneamente a los hechos relatados, se efectuó una reunión de los integrantes de la cátedra de Filosofía del Derecho que el Dr. Guido Soaje Ramos tenía en la Universidad de Buenos Aires. En su transcurso, debatiéndose la actitud a tomar frente a los mismos, uno de los auxiliares, un fiscal rosarino de ascendencia inglesa, expresó entender las razones de la disidencia del prelado, al ser la nueva misa similar a la anglicana que frecuentaba antes de su conversión, pero que estaba impedido de acompañarlo para no enfrentar a Roma nuevamente, luego de permanecer mucho tiempo separado de ella, obviando la advertencia paulina a los cristianos de la Urbe, de que la primer obediencia es a la Fe, determinada ésta por el rito: “lex orandi, lex credendi”. Como consecuencia de dicha reunión, Félix Adolfo Lamas, adjunto, y Augusto José Padilla y yo, auxiliares, manifestamos la voluntad, concorde con la del maestro, de adherir simplemente a la posición de monseñor Lefebvre.

Pero, siendo ya oportunidad de ir al grano, es decir, de presentar los elementos que abonan la tesis propuesta, corresponde evocar aquello que, salvo prueba en contrario, constituyó la primera aproximación de una organización argentina a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Con una precisión temporal que desconozco, puesto que mi narración no es el resultado de una indagación sino de comentarios oídos en tertulias informales, fue que, aprovechando un viaje de Norberto Quantín a Europa, sus amigos camaradas de Patria Grande le encomendaron la misión de ir a conocer dos reductos de los que acá se tenían noticias como focos de resistencia a los desvaríos conciliares: el Palmar de Troya y Ecône.

El primero de ellos fue rápidamente abandonado por el visitante, como era de suponer para alguien habituado a desentrañar todo tipo de personalidades, experiencia adquirida en su extenso y provechoso ejercicio de la función judicial. Muy distinta fue la impresión causada por el seminario de la FSSPX y el juicio consecuente. Con tal conocimiento, ese grupo de amigos, activo propagador del ideario nacionalista y particularmente allegado al padre Castellani, cuando se produjo la visita de monseñor Lefebvre, puso a su disposición el local de la avenida Entre Ríos 181, donde el prelado pudo por fin dar una misa pública en la ciudad de Buenos Aires, poco antes de regresar a Europa. Y a partir de ahí y allí mismo, desde el primer domingo de agosto hasta fines de noviembre del 1977, los padres Faure, Raúl Sánchez Abelenda y Antonio Félix Mathet, celebraron misa los domingos para la feligresía trinitaria (no debiéndosela llamar porteña, por la inconveniencia de emplear tal gentilicio). Poco tiempo después, se inauguró un nuevo centro de misas, a media cuadra de la estación Martínez, aprovechado por los vecinos de la zona norte, en la casa del generoso matrimonio formado por Lito Hernández y Blanquita del Águila entusiastas militantes nacionalistas, que se mantuvo por más de diez años, hasta la inauguración de la capilla de Nuestra Señora de Fátima.

Habiendo mencionado al padre Mathet, merece destacarse que él también era nacionalista. Fue el primer sacerdote argentino perteneciente a la Fraternidad. Ordenado por monseñor Tortolo, inició su ministerio en la iglesia de La Paz (ER), donde prontamente tuvo problemas: el párroco lo denunció por recitar la fórmula de la consagración en voz baja y en latín. Indudablemente, el obispo, para preservarlo de tan molestas intromisiones, valiéndose de la función que desempeñaba simultáneamente vicario castrense lo destinó al Hospital Naval como capellán.

Disponiendo de los medios necesarios para llevar adelante su apostolado ¿qué más necesitaba la FSSPX para poder arraigar? Una feligresía. Y ¿qué eran Alberto G. del Castillo, Víctor Eduardo Ordóñez, Emilio Samyn Ducó, Fernando Olmedo Alba Posse, Julio Lazcano Bilbao la Vieja, María Rosa González Pondal, Federico González Pondal, Jorge Florentino Fonseca, Silvia Teresita Cabrera, Juan Carlos Siris, Ricardo Muskett, Francisco Olmedo, el comodoro Ricardo Castellano, Alberto Falcionelli, José Ma. Racedo, Alberto Boixadós, Olga Moreno, Marcelo Agustín González, Alberto Santos, Tomás Richards, Graciela Llosa de Genis, Roque Raúl Aragón, Bernardo Lazarte, Julio Posse Terán, Héctor Ma. Couto, el coronel Ricardo Llambías, Vicente G. M. Massot, Federico Domínguez, Horacio Aragón, el coronel Roberto Caballero, Gerardo Valenzuela, Roberto Fattorini, Jorge Mastroianni, Juan Antonio Vergara, Orlando Juan Gallo, el comodoro Conrado Antonio Dans, Margarita Delfina Demontis vda. de Quantín, Adolfo J. Astinza…? Entiendo que esa sola enumeración despeja cualquier duda. Lejos está de ser exhaustiva pido disculpas a aquéllos a quienes involuntariamente omito, pero quiero evitar endilgarles el sayo cuando carezco de certeza de que les quepa aunque sí ilustrativa de la situación dada en los comienzos, en que los miembros de la “facción”, en muchos casos con numerosa prole, dejaban pocos lugares en la platea.

A esa bienvenida se sumó prontamente el carlismo neto de Pichimahuida, bajo la advocación de Nuestra Señora de las Pampas, educando a nuestras niñas en la SAS y fortaleciendo a los jóvenes en las cabalgatas y, de manera similar a lo sucedido en Mendoza y Alta Gracia merced al concurso de familias ejemplares como las de don Rubén Calderón Bouchet y el maestro Soaje, permitiendo el despliegue de la FSSPX con la edificación de templos y escuelas.

Hubo también expresiones de apoyo a monseñor Lefebvre y su obra provenientes de organizaciones o personalidades nacionalistas que tomaron estado público, disonando con las abrumadoras manifestaciones de repudio que difundían la generalidad de los medios de prensa. En la edición del diario La Nación del 23/7/77, se daba cuenta del recurso de amparo interpuesto por los Dres. Carlos A. Galíndez, Federico Ibarguren y Roberto H. Marfany y el escribano Pedro Alberto Millán por la “prohibición de que oficiara misa en nuestra capital” y de la declaración emitida por el Ateneo de Estudios Argentinos con la firmas de sus presidente Félix Adolfo Lamas y secretario, en la que consideraba “un deber sagrado saludar a tan digno visitante y adherir a su heroica lucha en defensa de la integridad de la tradición”. La revista Cabildo (dirigida entonces por Ricardo Curutchet), símbolo por excelencia de dicha corriente en las últimas décadas, en editoriales y artículos respaldó a la católica empresa, informando, además, sobre lugares donde se celebraban las misas.

Afirmé que el nacionalismo argentino apoyó de manera singular a monseñor Lefebvre en el difícil momento de la visita evocada. Lo hizo a través de las acciones reseñadas, a diferencia de otras organizaciones que, puestas a analizar la situación de la Iglesia, sostenían opiniones coincidentes. Recuerdo que en los primeros días de la segunda semana de su estadía en la ciudad de Buenos Aires, fuimos recibidos por el prelado en una audiencia concertada con anterioridad, Félix Lamas, Juan Bautista Thorne y yo, en la casa del escribano Marcelo Ferrari y su esposa, doña Mercedes de Anchorena. Nos tocó pasar después de haberlo entrevistado el Dr. Cosme Beccar Varela (h.). Desconozco, ciertamente, los detalles de esa conversación pero no, que tanto él como la sociedad que entonces lideraba TFP, omitieron cualquier tipo de declaración pública y que sus integrantes no engrosaban la feligresía aludida; por el contrario, su padre, generoso benefactor de la Fraternidad, su madre, doña Julia Helena Sundblad y su hermana Paz, siempre concurrieron a las misas celebradas en Martínez.

En cuanto a la reunión que en representación del AEA tuvimos con monseñor Lefebvre, cabe señalar que nuestro portavoz orientó la plática al juicio que le merecían distintos políticos católicos, expresando su simpatía hacia el inolvidable Blas Piñar y gran admiración por el estadista portugués Antonio de Oliveira Salazar.

De ese espectro católico conservador referido denominémoslo así, porque era entonces la forma de identificarlo no participaba la revista Roma (cuyo consejo patrocinador integraba el capitán de fragata Jorge Rafael Rubio), que era en sí una institución, sostenida en el esfuerzo del ingeniero Mateo Roberto Gorostiaga y de Andrés de Asboth, como tampoco la Falange de Fe y los Caballeros de María Reina (Jorge Sernani Panopulos y Alberto Mensi).

El resto de ese ambiente, conformado por los sectores católicos “ponderados”, mantenía una actitud de indiferencia cuando no de hostilidad, la misma que señalé de parte de los poderes mundanos, respecto de la nueva congregación. Recuerdo, que en el transcurso de una “semana tomista”, a la que asistieron seminaristas de La Reja por la misma razón con que eran estimulados a hacerlo los estudiantes universitarios, el rector de la UCA, considerado por muchos de los que nutrían a dichos sectores la encarnación local del Aquinate, advirtiendo su condición de “rebeldes” si la sotana la usaban sólo ellos en el estamento clerical dispuso su expulsión; era el mismo que despidió en el 1971 a Alberto Casas Riguera, secretario de redacción de la revista Universitas, por publicar un artículo del padre Meinvielle acerca de la teología de Rahner. Afortunadamente, algunas veces pocas llegaron los consuelos, como cuando monseñor Bonamin fue a conocer la capilla de la calle Venezuela, expresando con su voz potente y ronca al padre Mathet, su antiguo subordinado castrense, que monseñor Lefebvre había hecho lo que ellos no se atrevieron.

Creo haber puesto en evidencia en estas líneas el obrar unánime de la FSSPX y entidades y miembros algunos de ellos destacados del nacionalismo en los primeros tiempos de establecida la congregación entre nosotros. Ese momento fue contemporáneo al que podemos señalar como el que marcó la acentuación de nuestro proceso de decadencia. Contra tal declinación dicha corriente política poco pudo hacer, puesto que, a pesar de haber contado con los mejores pensadores que tuvo la Argentina en el siglo veinte, que iluminó las inteligencias y animó las voluntades de un sinnúmero de hombres de bien, algunos mártires, nunca tuvo influencia decisiva en el regimiento de la nación. Ello podría significar un fracaso para quienes orientaron gran parte de sus vidas a la actividad política. Pero, con la aquí reseñada, dieron la posibilidad de que la Patria recuperara la Santa Fe, el don más preciado recibido de España, prestándole así, quizás, su mejor servicio y sea éste la semilla de impensados bienes.

Mi reconocimiento, por haber permitido la precisión de algunos hechos de la narración, a las Sras. Lidia Lavalle Cobo-Rudin y Mercedes Ferrari-Anchorena de León y al padre Gerónimo Fernández Rizzo, secretario personal de monseñor Tortolo y valiente capellán castrense depuesto en acto de servicio, viejo compañero mío del Colegio Manuel Belgrano (HH.MM), que mantiene inalterables sus ideales de juventud, cuando militaba en la Guardia Restauradora Nacionalista, agrupación fundada por el padre Julio Meinvielle. También a mi mujer, Clarita Falcionelli, por haberme animado a escribir esta memoria, para manifestar la gratitud debida por los beneficios recibidos.

Juan Lagalaye
Miembro titular de la Hermandad Nacional del Maestrazgo (España)
Miembro fundador de la Hermandad Tradicionalista Carlos VII (República Argentina)