miércoles, 14 de octubre de 2009

Testigo de cargo


LA DISOLUCIÓN
DE LA DISOLUCIÓN

Todos mis lectores, memoriosos o no, habrán advertido que en los últimos números de esta combativa revista me he regodeado y especializado en mostrar testimonios de gente tanto de la izquierda como de la derecha liberal que levantan sus voces para protestar y preocuparse por el estado del mundo.

Más allá del valor de lo que dice cada uno de esos preocupados protestones, el síntoma me parece sencillamente maravilloso. Quiere decir que el agua está llegando al cuello y creando en los dueños del mundo una situación incómoda porque sucede que esas aguas miasmáticas que rondan ya el nudo de las corbatas ¡también les llegan a ellos, a sus vidas y a sus familias!

Nadie escapa a la sensación de que estamos viviendo en una burbuja de mentiras y al mismo tiempo en un pantano de disolución social. Bueno, ahora parece que hasta la disolución se está disolviendo.

Veamos, si no, el discurso que pronunció al asumir su cargo el nuevo Presidente de la Republique Française, Monsieur Sarkozy. La primera lectura es impresionante. Casi cada frase es una toma de conciencia del estado en que vive el mundo occidental.

Sarkozy se presenta como el enemigo jurado de “la frivolidad y la hipocresía de los intelectuales progresistas. El pensamiento único de los que lo saben todo…” y promete también “No vamos a permitir mercantilizar el mundo en el que no quede lugar para la cultura”.

Como comienzo, no está nada mal. Monsieur le President toma nota de los dos polos de poder que dejan al suyo propio reducido a una mínima parte: el poder cultural que a través del sistema de educación forma a las clases dirigentes y les insufla el pensamiento único y el poder económico, cuyas desmesuras ponen por un lado en peligro la vida en la tierra y por el otro dominan la mente del pueblo llano mediante la televisión y otros excretores de pornografía y estupidez.

Y sigue luego: “Desde 1968 no se podía hablar de moral. Nos habían impuesto el relativismo, la idea de que todo es igual, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, así como que el alumno vale tanto como el profesor…” Seguimos muy bien, pero ya empiezan a asomar algunas de las (graves) insuficiencias de M. Sarkozy.

Veamos. Seré el primero en alegrarme si me equivoco en mi vaticinio, pero seré también el primero en alegrarme si la previsible derrota del actual Presidente deja al menos en claro qué fuerzas lo han derrotado y por qué. Ese será un paso adelante, un paso positivo hacia el momento en que la disolución termine de disolverse. Porque parece que M. Sarkozy no ha tomado clara conciencia de qué es lo que realmente tiene enfrente. Es una gran cosa que nada menos que en Francia se hable de “esa izquierda que desde mayo de 1968… atiza el odio a la familia”.

Muy bien. Pero si el Presidente o alguien cree que las cosas comenzaron a andar mal en 1968… ya erramos el diagnóstico y con un diagnóstico equivocado es muy difícil acertar el tratamiento adecuado. Volveremos, como tantas veces, a confundir los síntomas con la enfermedad.

La modernidad vomitó, en el siglo XVIII, a los cuatro ciclistas del Apocalipsis. ¿Por qué ciclistas? Porque todos los personajes propios del iluminismo montaban un proyecto que sólo podía subsistir si se pedaleaba fuertemente y se lo mantenía en marcha acelerada. Primero los ricos, que construyeron la economía más productiva de la historia pero al precio de crecer, crecer, pedalear, pedalear, producir, producir. De pronto nos damos cuenta de que esa desmesura no puede sino terminar mal. Por el lado de los hombres, creando consumistas idiotizados por el último producto electrónico. Por el lado de las cosas, agrediendo al planeta.

El segundo ciclista son los intelectuales, un tinglado cultural en el que la crítica y la duda como principios absolutos terminan por devorar todas las certezas y caen, inexorablemente, en ese relativismo que preocupa a M. Sarkozy. Aquí también el sistema de la cultura (la del “discurso crítico”, como la llama Gouldner) es un mecanismo que tiene que roer y roer certezas, pedalear, pedalear, hasta que ya nada queda en pie, ni siquiera la misma cultura destructiva.

El tercer ciclista es el político, que tiene que curar siempre “los males de la democracia con más democracia” y prometer, prometer y prometer igual que pedalear, pedalear y pedalear, construyendo futuros sin pobres, sin guerras, sin desigualades… pero en sus cabezas. Aquí también el sistema lo exige: hay elecciones cada dos años y hay que inventar consignas para que la bicicleta continúe andando. Hasta que le memoria colectiva se sature y diga basta de utopías y de promesas vanas… hasta ese momento hay que seguir pedaleando. El conjunto responde a la definición de lo que los griegos llamaban hybris, la desmesura de las civilizaciones que caen en manos de sus peores elementos.

EL CUARTO

No te sientas defraudado, lector amigo, que aquí viene el cuarto ciclista del Apocalipsis. Habrás advertido que hemos descrito tres constantes de la modernidad: el rico que maneja una bicicleta que tiene por meta crecer, crecer y crecer. El intelectual que maneja una bicicleta que tiene por meta destruir los eternos mecanismos sociales sin reemplazarlos por nada eficaz. El político democrático que no logra ni logrará jamás solucionar los problemas de los hombres sencillamente porque eso no entra en sus cálculos: él quiere ganar elecciones, no gobernar.

Atrás, como arriando a los demás, viene la cuarta fiera puesta en libertad por el Siglo de las Luces. Pero de este protagonista no se puede hablar con la claridad con que se habla de los otros. No se lo puede mencionar por su nombre, pero se puede decir que es un pueblo que sale al ruedo en busca de un mesías humano, de un predominio imperial. Va detrás de los otros pero podría ir delante. Por el momento acumula un poder que admira por su fragilidad —si uno se limita a una zona del mundo— y deja atónito por su magnitud si uno atiende a los mecanismos de poder vicario (que unos ejercen por otros). Y conste que no se trata de una denuncia, sino de una interpretación teológica de la historia.

Lo grave para M. Sarkozy es que si apunta tres centímetros más debajo de esos grandes poderes, de esos ciclistas del Apocalipsis, corre el riesgo de quedarse en reformas impresionantes pero a la larga anodinas. Saludemos su aparición como síntoma del comienzo de la disolución de la disolución. Pero nadie se haga ilusiones —ay— sobre la eficacia de una acción que, para ser eficaz, exigiría dirigentes y votantes muy distintos.

DOS MADRES

Atiende, oh lector, lo que voy a contarte porque es mucho más eficaz, para entender lo que es la modernidad y el progreso que todo lo que te puedan enseñar los intelectuales por el estilo de Carlos Altamirano. (Ver número pasado)

El miércoles 25 de julio a eso de la mañanita trajeron a mi casa el ejemplar diario del diario “La Nación”. Apoltronado, más que recostado, en mi lecho de octogenario, comencé a leerlo con el escaso interés que me suscitan las acrobacias ideológicas de los periodistas de Saguier. De pronto se encendieron todos los radares: Una nota firmada por Don Sergio Dimaría anoticiaba de que en Mendoza una mujer había acudido a un Hospital a dar luz a su décimo hijo y se encontró con la sorpresa de que no era el décimo sino que eran del décimo al décimo tercero de un solo saque. Dio a luz cuatrillizos, todos sanos.

Hasta aquí la noticia es curiosa, pero no mucho más. Sucede que la multípara conversa con el cronista y dice que “no para de agradecer a Dios por la bendición de estos cuatro niños”. Su marido es albañil y ella trabaja en una panadería, pero sabe muy bien que “si una mujer está decidida a traer hijos al mundo es para darles amor, cariño y todo lo que necesiten” y doña Carina Mayorga, de 36 años, concluye muy guapa explicando “que no me le achico al reto de criar trece hijos”. Como frutilla de este exquisito plato, anotemos que los recién nacidos se llamarán Juana Candela, José María, Santiago y Pablo, no Jessica ni otro nombre de película. Bien. Bien.

Ahora saltemos al sábado 28 de julio, solo tres días después, y a las páginas de la más bien asquerosita revista “Noticias”. Allí nos enteramos de que en Buenos Aires se está realizando una selección (casting en la neoparla) de artistas adolescentes que intervendrán en un espectáculo llamado “High School Musical”. Sucede que una de las veinte adolescentes pre-seleccionadas ha perdido su lugar porque se ha descubierto que ha sido protagonista entusiasta de una película porno de nivel de aficionados, filmada entre amigos y “novios” y puesta a navegar en la red por un primo celoso. Hasta aquí, una noticia bastante vulgar, que contiene el infaltable ingrediente de la frecuentación, por la protagonista, de una escuela católica. Ingrediente que “Noticias” no se priva de destacar y que no tiene nada de asombroso para los que conocemos el estado de la educación “católica”.

Lo asombroso viene ahora. Concedida la palabra a la madre (Silvia Estrada) de la adolescente pornográfica, ésta manifiesta: “Sabía del video y aunque padres y abuelos no lo entendemos, filmarse en la intimidad es parte de una moda nueva de los jóvenes. Así como los más grandes nos sacamos una foto abrazados y dándonos un beso, ellos hacen eso”.

Desde luego, la tentación es de calificar de imbécil pluscuamperfecta (como decía Osés) a Doña Silvia Estrada y seguir nuestro camino. Pero la comparación entre el lenguaje de la madre de trece hijos y la de la progenitora de la putita precoz me parece que da para mucho más. No tanto por el enfrentamiento de dos mundos morales sino sobre todo por la comparación de dos universos de conocimiento y sentido de la vida.

La Señora Mayorga vive en una realidad sometida a normas, en un mundo de obligaciones para con los hijos que trae al mundo. Es un mundo con sentido, con caminos y metas preexistentes. La Señora Estrada, en cambio, es uno de los mejores ejemplos que conozco de que la empresa de Gramsci —“cambiar el sentido común”— es ilusoria y prueba que la pérdida del único sentido común produce estos inenarrables baches de anomia en los cuales se puede comparar una foto de grupo y una película pornográfica. Esta señora (mujer de un político democrático, añadamos) es de las seguidoras de Serrat y su mundo sin caminos.

Su hija es su fiel discípula y comienza temprano la promisoria construcción de caminos. Lo único que no entiendo es por qué excluyen a la nena del casting simplemente porque se salteó un par de etapas. Si todos saben que toda bicha que camina por el mundo del espectáculo va a parar al mismo asador al que ella llegó prematuramente. Es decir, la pérdida total de la vergüenza, que es condición necesaria para ingresar en la modernidad y gozar de sus prebendas.

UNA CORTE DE INMORALES

Desde hace muchos años los argentinos hemos caído en la espantosa trampa de las opciones sin escapatoria. Se ha visto claramente en todas las últimas elecciones presidenciales, pero ahora se extiende a todos los rincones de la vida pública. Recuerden el caso de la Corte Suprema creada por Alfonsín, compuesta por jueces sin relieve y su modificación hasta lograr la Corte de Menem, la de la mayoría “automática”.

Si yo sostuviera ahora que la de Kirchner es la peor de todas no faltaría quien me acusara de exagerado, tremendista y petardista, recordándome el renombre de varios de sus jueces. Sucede que cuando un país entra en crisis, uno de los primeros mecanismos que se cuartean es el de los prestigios sociales.

Porque, no nos engañemos: la fama actual es hija de la pública opinión, y la pública opinión es hoy la esclava de todo un sistema que tiene de cualquier cosa menos de la espontaneidad y la libertad que se suponía eran sus características esenciales.

Hoy, medios de difusión mediante y dominio de los mecanismos de producción de los prestigios intelectuales mediante, la fama ya no es el reflejo de una pública opinión libre sino el resultado de intrigas de poder. Zaffaroni goza de un predicamento infinitamente superior a sus méritos reales porque sus libros y sus artículos son difundidos urbi et orbi gracias a esas complicidades de alto vuelo.

Pero no es esta la razón por la que afirmo que nos encontramos frente a una corte de inmorales. Más modestamente, me remito a un largo artículo en “La Nación” del 22 de julio pasado. Allí le dan a la Dra. Carmen Argibay una página y media completa para que exprese su pensamiento. Y dice muchas cosas, pero la cosa verdaderamente significativa que dice se refiere al reciente fallo de la Corte en el caso Riveros.

Este caso, para los distraídos, consiste en que hace años la Suprema Corte de Justicia de la Nación absolvió de ciertos cargos vinculados con la Guerra Revolucionaria al General Santiago Riveros. Era otra Corte, pero uno de los miembros actuales estaba entre los que firmaron esa sentencia, aunque en realidad éste es un detalle sin importancia. Todo el orden jurídico está basado en la continuidad de las instituciones y no en la de los hombres.

De modo que si la Suprema Corte argentina (la integre quien la integrase) pronuncia una sentencia definitiva sobre un caso y esa sentencia queda firme (es decir, que ya no hay más recursos posibles en su contra) absolutamente nadie —ni la misma Corte— puede volver a juzgar el caso resuelto en la sentencia. Éste —el de la cosa juzgada— es otro de los pilares fundamentales del orden jurídico.

Lo cierto es que la actual Corte acaba de derogar ese fallo, con la disidencia de la Dra. Argibay, ordenando vuelva a enjuiciarse al Gral. Riveros. La docta jueza no deja de pronunciarse contra el fallo pero escapa —es por demás astuta— a toda crítica a sus pares. Sin embargo, el hombre de la calle se dice: la doctora Argibay explica su voto como una negativa a confundir venganza y justicia. Y “La Nación” le da grandes titulares con esa idea en la primera página del Suplemento “Enfoques” de los domingos.

Ahora bien: si ella optó por la justicia y no por la venganza, la conclusión obligatoria es que sus colegas de la Corte optaron por la venganza. ¿Y se quiere algo más inmoral y repugnante que una corte que falla basada en la venganza y no en la justicia? ¿Hay otra conclusión posible? ¿Hay otra interpretación aceptable?

Para colmo, no se trata de la venganza personal que, por pecaminosa que sea, admite al menos la comprensión. ¿Qué tendría que vengar —personalmente— el Dr. Zaffaroni, sumiso funcionario judicial del Proceso, por ejemplo? ¿Cuál de los otros jueces puede aducir un agravio personal por parte de los militares? Quizás la única sería precisamente la Dra. Argibay, que estuvo unos meses detenida.

De modo que el voto de la mayoría, si en efecto se fundara en la venganza, lo haría en el tipo más deleznable de ésta: el resentimiento ideológico de ratas que esperaron la caída de sus enemigos para roerles los ojos.

LA PUTREFACCIÓN DE LA IZQUIERDA

La modesta aspiración de este cronista es que dentro de unos doscientos años un investigador imparcial recale en un Instituto Bibliográfico y encuentre una colección encuadernada de esta revista. Que se ponga a leer esta impar sección y diga: “Oia, parece que ya en el siglo XXI se daban cuenta de que la izquierda no funcionaba”.

Esta modesta aspiración supone que en el siglo XXIII todavía va a haber un mundo con seres vivos, un país con alguna institución viva y que la izquierda va a seguir existiendo.

No es difícil que así suceda. No por virtudes de la izquierda sino por defectos de lo que no lo es. Viejo cuento que entiende todo contemporáneo: ¿alguien cree que Cristina podría llegar a ser Presidenta de la Nación Argentina si no fuera porque enfrente tiene una larga colección de Nadies? O sea, que es muy probable que de aquí a doscientos años la izquierda siga discutiendo su esencia y las tres mil divisiones que la caracterizan se hayan convertido en treinta mil, todas ellas seguras de conocer el camino “científico” para arreglar el mundo.

Como quiera que fuese, en estos años inaugurales del siglo XXI hay un fenómeno digno de destacar en el seno de la izquierda. Es la conciencia cada vez más clara, entre sus mismas huestes, de que en rigor no tienen nada que ofrecer. Nada.

Observemos lo que dice don Pacho O’Donnell (conocido funcionario de conocidos gobiernos) en “Perfil” del 8 de julio: “La centroizquierda tiene consignas mucho más atractivas que la centroderecha pues, por ejemplo, le pertenecen con exclusividad las reivindicaciones por los derechos humanos, pero su ineficiencia en el gobernar y su vacuo ideologismo ha vuelto a poner en valor aquella consigna (roquista) de paz y administración”. Lo cual explicaría el triunfo de Macri.

¡Notable texto del funcionario-novelista! Primero, parece que se trata de tener “consignas atractivas” no soluciones para los problemas de la gente. Y, en efecto, en eso ha derivado el discurso democrático que comenzó prometiendo, con los Parlamentos, una inagotable y esclarecedora discusión sobre todo lo opinable. O sea, todo. Y que ahora se conforma, humildemente, con “consignas” que “atraigan” a alguien como la miel a las moscas. Segundo, O’Donnell cree (parecería que en serio) que “las reivindicaciones por los derechos humanos” no tienen nada que ver con la “vacua ideología” de la izquierda.

Pacho: imagine Usted que la izquierda fuera algo serio y defendiera en serio los derechos humanos. ¿Cree que hubiéramos asistido al aquelarre jurídico al que asistimos y seguimos asistiendo en la Argentina? La “centroizquierda”, como Usted dice, ¿por qué tuvo que tragarse todos los sapos de la izquierda extrema y aceptar que terrorismo es solamente matar desde el Estado? La “centroizquierda”, al encolumnarse atrás de la Guerra Revolucionaria que llevó a cabo la izquierda leninista, demostró que no tiene mensaje propio y que se esconde tras el leninismo para ver si encuentra o soluciones o por lo menos justificaciones ante la Historia.

No son, pues, dos cosas distintas, “la reivindicación por los derechos humanos” y la “vacua ideología”. La centroizquierda ha metido lo primero en lo segundo y así le va. ¿O cuánto más creen que les va a durar esas reivindicaciones tuertas?

Más entretenido resulta leer —en “La Nación” del 12 de julio— los exabruptos de don José Saramago, que si poco sabe por comunista (“comunista hormonal”, así se autocalificó) menos sabe por viejo. El geronte está furioso con la izquierda (como Pacho) y no se priva de decirlo con todas las letras: “Hoy no veo nada más estúpido que la izquierda” y también que “de los ideales no queda nada”.

Pero no ha de perderse la esperanza. Aunque en Europa renazca la derecha y se asista “hasta a la presencia de extrema derecha con insignias fascistas” la consigna es la de siempre “hagamos una revolución”, pero esta vez sin armas, y con esta consigna: “no cambiaremos la vida si no cambiamos de vida”.

¡Y después don Karl hablaba de los socialismos utópicos! Hay un inconveniente. Con la juventud no se puede contar porque “el gran problema es que los chicos y las chicas de hoy no tienen pasado. Sólo tienen presente. Nosotros, a esa edad, teníamos un pasado: no sólo nuestro sino de la familia. Para las generaciones jóvenes el pasado no existe”. Oiga, don José, ¿y Usted cree en serio que en esa ruptura de los jóvenes con el pasado Ustedes los iluministas no tienen nada que ver? ¿Quién cortó las raíces de la Tradición en que todos encontrábamos nuestra identidad colectiva? Vamos, que a los noventa y tantos está feo tirar la piedra y esconder la mano. O tocar el timbre y salir corriendo.

SOBRE BEBÉS

Voy a comenzar esta notícula con una confesión personal: me he vuelto un viejo gagá de los bebés. Sucede que después de haber tenido en mis brazos (durante cincuenta y seis años de matrimonio) a setenta bebés (doce hijos, más cincuenta y ocho nietos) mis bisnietos viven en mayoría en el interior y los veo poco. De modo que todo aquello que involucre a chiquitines tiene de entrada mi simpatía.

Aunque en realidad en “Los niños del hombre”, película inglesa, el bebé tarda en aparecer. Estamos en un mundo en el que hace más de veinte años que no nacen niños y hay un ambiente apocalíptico agravado por la multiplicación cancerosa de los inmigrantes islámicos. Es una época de violencia y desolación, bien mostradas por la película. Una trama dentro de la trama hace que un joven don nadie se vea de pronto involucrado en la salvación del primer bebé que nace después de tantos años.

En lo que para mí es la escena central, dos grupos de combatientes se están destrozando en un paraje cuasi lunar. De pronto se oye el llanto del niño y poco a poco las armas enmudecen y la madre con su hijo pasa en medio de los que luchaban, que han hecho un alto el fuego espontáneo. Algunos caen de rodillas y alguno se persigna al pasar el bebé. Es, lejos, la mejor escena. Sin muchas explicaciones el niño toma el carácter de un símbolo que transforma una película de acción en algo digno de pensarse.

Me gustaría oír uno de esos comentarios esclarecedores que hace F.M. Por mi parte pienso que había un gran tema aprovechado a medias. En cualquier forma, es la primera película que conozco en la que el atroz tema de la despoblación de Europa y la irrupción del mundo islámico se presenta como parte medular de un argumento.

ROMINA, FELISA, EL CAÑO

“Si la vergüenza se pierde / nunca se vuelve a encontrar”. José Hernández sabía lo que decía: la vergüenza es el síntoma más delicado y preciso de una personalidad. Su pérdida provoca un desequilibrio del que difícilmente puede salirse.

Para tener vergüenza hay que partir de una clara noción del bien y del mal y hacer que penetre en nuestro entero ser. Sin esas dos condiciones no hay nadie con vergüenza. Primero: saber de qué debe uno avergonzarse; segundo: tenerlo tan asumido que lo que es vergonzoso nos pegue en el alma, pero como un golpe que no puede soportarse. En la década del ´40 un diputado radical participó del llamado “Negociado del Palomar”. Recibió una suma que hoy sería considerada una propina, pero en cuanto el escándalo saltó a los diarios, el diputado se pegó un tiro.

Sabía bien que había hecho algo malo, sabía bien que había dejado inficionarse su alma de ese mal y pensó —poco importa si con razón o sin ella— que ya no podía seguir viviendo. ¿Vergüenza en esta época de relativismo en la que nadie —o casi nadie— sabe qué es bueno o qué es malo? ¿Vergüenza en esta época de personalidades fofas y sin relieve, que no asumen ningún compromiso profundo?

En números anteriores hemos hablado de la pérdida total del pudor por parte de millones de señoritas (muy agraciadas) que hacen y muestran cualquier cosa con tal de salir en televisión. Eso ha terminado de producir, en nuestras sociedades, la quiebra final de lo poco que quedaba de vergüenza y de pudor. Pero ese espíritu no se limita a las acrobacias sexuadas que don Tinelli convoca en torno a un caño: se extiende como una peste repulsiva por toda la sociedad. Lo muestran los casos de Felisa Miceli y Romina Piccoloti que no sólo roban, defraudan y estafan, sino que se presentan muy sueltas de cuerpo en la TV defendiéndose. No solo han perdido el sentido del bien y del mal, sino que son incapaces de asumir que por ellas suenan las campanas. Ni hablemos de suicidio. Uno se contentaría con muchísimo menos: con que se callaran la boca.

Pero no, metafóricamente iguales a las señoritas del caño, Romina y Felisa exhiben su mercadería (el sobre con dinero de marras, las designaciones de toda la familia) con el mismo desparpajo. Aunque entendieran lo que está bien y lo que está mal, la cultura vigente les ha hecho imposible asumir de qué manera están metidas en el asunto.

POLÍTICA SIN DIOS

Así se llama el libro que con el subtítulo “Europa, América. El cubo y la catedral” publicó un escritor católico americano —George Weigel— del cual hemos comentado otra obra en esta sección.

La cosa comienza con una visita del autor a París y allí al “Grande Arche de la Defense” concebido por Mitterand, un adefesio cúbico modernista. Sucede que en el folleto turístico que le entregan se hace notar que bajo ese arco cabría cómodamente la Catedral de Notre Dame, fina joya del arte medieval.

De allí arranca la reflexión de Weigel, estructurada en torno a la comparación entre la situación político-cultural de Europa y la de Estados Unidos. Recorrer toda su argumentación sería muy largo, pero centrémonos en los dos polos que de alguna manera sintetizan las dos realidades que analiza. En Estados Unidos subsiste una religiosidad popular que en Europa está casi extinguida. Pero eso es casi lo de menos: en Europa existe algo que, según Weigel, no hay en Estados Unidos: una auténtica “cristofobia”, un deseo de borrar lo más pronto posible la presencia de (los restos del) Cristianismo de la sociedad. El ejemplo más notorio y flagrante fue la eliminación, en el proyecto nonato de Constitución europea de toda mención de la importancia de la herencia cultural cristiana.

Cuando Weigel recuerda que Europa “está cometiendo un verdadero suicidio demográfico mediante una despoblación sistemática… la mayor reducción sostenida de la población europea desde la Peste Negra del siglo XIV”, cualquiera advierte la razón que tiene su crítica de la política europea “sin Dios”. Cuando analiza las raíces y los resultados de una cristofobia construida por los dueños de la cultura, es fácil coincidir con él. No digamos cuando se atreve a preguntar “¿cómo es que existen burdas caricaturas del cristianismo (y enumera algunas) que llegan a tolerarse en la cultura popular europea de un modo en el que jamás se tolerarían semejantes difamaciones del judaísmo o del Islam?” (Habría que agregar que uno de los dos términos —el Islam— ha caído también bajo los dardos de los iconoclastas. No se registra nada parecido en relación con los judíos, que siguen siendo intocables).

Weigel se mete inclusive con los indicadores económicos de Estados Unidos y de Europa, haciendo notar que la economía europea atraviesa muy serias dificultades. Añade un dato curioso, que confieso me llamó la atención: Alemania, “la locomotora económica” europea, tiene un producto bruto per cápita equivalente al del Estado americano de Arkansas.

Todo está muy bien, y uno más bien piensa que Weigel se queda corto al plantear los desafíos sin salida planteados en Europa: la dictadura del relativismo y el colapso demográfico. Donde ya no estamos tan seguros es cuando empieza a contraponer al modelo europeo en dificultades las ventajas del modelo americano. Por lo pronto, no podía haber elegido peor la imagen simbólica de esa contraposición: la “espléndida catedral parisina de Notre Dame… y el gran cubo modernista de la Defense”. Porque la Catedral se hizo en Europa mientras que el modernismo cubista en arquitectura, los “rascacielos” y las grandes torres fueron impuestos en el mundo como una creación americana, más allá de los arquitectos que inventaron el modelo.

Pero ahora viene lo más grave… En un rapto de buena fe, Weigel enumera los “frentes que crean una gran perplejidad (en Estados Unidos): una regulación legislativa del aborto con la que ciertas especies de aves en peligro están legalmente más protegidas que un feto humano de siete meses, el recurso demasiado amplio y demasiado fácil a la pena de muerte; una serie de vulgaridades culturales de varios géneros, que incluyen la exportación masiva de pornografía por Internet; …elevadas tasas de divorcio y de nacimientos extramatrimoniales: imposibilidad de debatir ciertos temas, como el significado del matrimonio o la ética de la investigación con embriones en términos que excluyan el sentimentalismo o el utilitarismo; preponderancia de la corrección política, con la consecuente asfixia del discurso libre y de una argumentación seria, en demasiadas instituciones de enseñanza superior; introducción forzada en la vida pública de un moderado (?) secularismo… Obviamente la lista podría alargarse sin gran dificultad”.

¡Pobre Weigel, hombre de buena fe y de buena voluntad! Le es imposible entender que lo que está describiendo no son dos modelos sino dos etapas de un mismo modelo, y que lo que a él le parecen “frentes que crean una gran perplejidad” no son sino las cabeceras de puente del enemigo a partir de las cuales avanzará y llevará a Estados Unidos al mismo sitio en el que está Europa. O peor.

Aníbal D'Ángelo Rodríguez

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